Esta semana está atravesada por dos hechos significativos (además del debut de la Selección Argentina en el Mundial): anteayer recordamos la muerte de Martín Miguel de Güemes -aunque el feriado se haya corrido al lunes- y mañana, la de Manuel Belgrano. Más allá de las efemérides históricas y escolares, nos encontramos con acontecimientos que nos presentan distintas capas de interpretación. Una de ellas nos interpela en nuestra condición de hombres y mujeres del norte del país. Veamos por qué.

Güemes es indiscutiblemente un producto de esta tierra. Fue un hombre cabal de un tiempo violento, imprevisible, de pasiones exaltadas y con destino de bronce. A pesar de sus luces y de sus sombras, y de las diferencias que lo distanciaron de un sector relevante de la sociedad salteña de aquel entonces, de la jujeña y de la tucumana (contra la que guerreó poco antes de su muerte, tema sobre el que ya hemos hablado otras veces en este mismo espacio), fue un individuo con objetivos claros: la lucha contra el enemigo de la patria naciente estuvo por encima de intereses un poco más mezquinos y limitados que sí movilizaron a muchos de sus contemporáneos.

Belgrano, nacido en Buenos Aires, compartió una cualidad con Güemes: la del sacrificio por la causa de la libertad. Si bien su vida presenta otros matices y diversos escenarios que lo muestran como protagonista, esta tierra le propició alguno de sus momentos eminentes: victorias en el campo de batalla (Tucumán y Salta), terribles decepciones (la asonada de Abraham González tras la que se ocultaba la mano de Bernabé Aráoz, por ejemplo), amores y, por encima de todo, una hija.

No pretendemos aquí trazar sus biografías, sino aprovechar sus figuras para disparar algunas reflexiones. Vamos por partes.

La eterna postergación

Hay un estudio interesantísimo que realizó el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) por encargo del diario La Nación y que se conoció hace un par de semanas. El trabajo revela que los peores índices de pobreza de Argentina se concentran en el NOA. 

En sí mismo, no es un dato novedoso, pero adquiere relevancia si tenemos en cuenta lo siguiente: el Gobierno de Javier Milei asegura que ha logrado sacar de la pobreza a 15 millones de personas y que desde que arribó al poder la tasa de pobreza bajó del 41,7% al 28%. Pero esas cifras han sido cuestionadas, porque el Indec se concentra únicamente en los ingresos necesarios para cubrir la canasta básica en ámbitos urbanos. Es decir, mide la pobreza monetaria en las ciudades, pero no refleja el núcleo de pobreza estructural que se extiende por todo el país.

Cuando se observa el mapa que elabora la UCA, las provincias con mayor vulnerabilidad socioeconómica son Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Chaco y Formosa. Tucumán está apenas un peldaño por debajo. Este índice es calculado en base a la combinación de 11 indicadores censales vinculados con la vivienda, con los servicios básicos, con la educación, con el empleo y con la vulnerabilidad asociada a la infancia. Se expresa en una escala de 0 a 100: a mayor número, mayor vulnerabilidad. Las provincias que enumeramos más arriba rondan los 40 puntos en el indicador; Tucumán tiene 38. Es decir, su situación es incluso más grave que la de los territorios del NEA, otra región históricamente relegada por los Gobiernos nacionales de todo color político. Nada que festejar, entonces, para Osvaldo Jaldo y compañía.

MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES. Imagen del prócer, en un museo. ARCHIVO

El estudio de la UCA habla de un drama que se arrastra desde el fondo del tiempo y que resta oportunidades a quienes buscan desarrollarse en esta región. Además, no se condice con el sacrificio que hicieron los hijos de la tierra para legarnos una patria. Como ejemplo basta un dato: Jujuy soportó 11 invasiones realistas entre 1810 y 1822 mientras que en Buenos Aires no se disparó un solo tiro por la causa de la Independencia.

Las batallas simbólicas

Todo esto se traslada también al campo simbólico. Al retomar las figuras de Güemes y de Belgrano vamos a advertir que recién desde 2016 la muerte del primero se recuerda con un feriado nacional. Es decir, hasta aquel año sólo quienes habitaban dentro de los límites de la provincia de Salta le dedicaban un día a su figura.

Pero existen otras fechas importantísimas que conmemoran acontecimientos capitales que no corren con la suerte de ser celebradas a escala nacional: las batallas de Tucumán, de Salta y el Éxodo Jujeño -tres acontecimientos concatenados que salvaron la Revolución de Mayo, nada más y nada menos- se evocan apenas con festivos provinciales. En otras palabras, pasan inadvertidas para los habitantes del resto del país. Se plantea un contraste, por ejemplo, con la celebración de la Batalla de Vuelta de Obligado, escaramuza ocurrida en territorio bonaerense de poca trascendencia en comparación, por ejemplo, con el combate del campo de las Carreras de 1812, pero que a instancias del kirchnerismo -siempre arbitrario y mezquino- se recuerda con un feriado nacional cada mes de noviembre.

¿Por qué es relevante lo anterior? Porque los feriados (que son resistidos por sectores muy complicados por la crisis económica, como el comercio, lo cual es perfectamente entendible) funcionan como mojones de la memoria. Establecen un asterisco en el calendario y se meten en la currícula escolar de manera insoslayable ayudando a construir y a alimentar nuestra identidad. La misma que debe funcionar como el aglutinante que nos permita remontar la escandalosa postergación de una región cuyos habitantes le han dado tanto a nuestro país.